Frente a una provincia que se desmorona en lo económico, en lo social y soberano, el gobernador Gustavo Melella ha decidido huir hacia adelante. Su insistencia en una reforma constitucional herida de muerte, el veto anunciado a la voluntad legislativa y el decreto de madrugada, no son actos de fortaleza, sino los espasmos de un gobierno asustado que, al verse incapaz de garantizar su permanencia, prefiere demoler la institucionalidad fueguina.
Hay un punto en la decadencia de los proyectos personalistas donde la realidad deja de ser un marco de gestión para convertirse en un enemigo a batir. Gustavo Melella ha llegado a ese punto. Como el personaje bíblico, el Gobernador parece decidido a derribar las columnas del templo institucional de Tierra del Fuego, sin importarle que el techo caiga sobre todos, con tal de no aceptar que su tiempo político y su proyecto de re-relección han perdido el sustento básico: la legitimidad y el consenso.
El refugio en el decreto y el veto
La maniobra de este 1° de mayo, resumen la desesperación. Mientras la Legislatura, en un acto de supervivencia democrática, derogaba la Ley 1529 con una mayoría transversal de 11 votos, el Ejecutivo respondía con la publicación de la convocatoria en el Boletín Oficial. Publicar un decreto de convocatoria a elecciones basándose en una ley que acababa de ser borrada por los representantes del pueblo es un acto de cinismo jurídico que solo se explica desde el miedo a la intemperie política.
El veto anunciado no es una herramienta de equilibrio, es un grito desesperado de quien se sabe minoría. Melella sabe que hoy la Legislatura tiene los números necesarios —esos 11 votos que superan los dos tercios requeridos— para ratificar la derogación y dejar su decreto como un papel mojado en el viento. Sin embargo, el tipo está dispuesto a todo, para cambiar voluntades en la legislatura y en cúpula de la justicia fueguina. A todo.
El paisaje del desastre: Una Tierra del Fuego inviable
Con la Reforma Constitucional, Melella intenta tapar el inventario de un fracaso político monumental nunca padecido por el pueblo fueguino:
- Salud en coma: Una obra social provincial (OSEF) rechazada en farmacias y centros médicos, dejando a cientos de personas en situación crítica, sin medicación especial ni derivaciones.
- Educación y Salarios: Docentes y trabajadores estatales con sueldos que son una burla frente a la inflación, viviendo en una provincia que mendiga 20.000 millones de pesos mensuales en adelantos para no caer en el default técnico.
- Derrumbe Industrial: El subregimen industrial de la Ley 19.640 se desangra. Las empresas cierran y miles de trabajadores han visto desaparecer su sustento ante la pasividad de un Ejecutivo más preocupado por las encuestas electorales que por las líneas de producción.
- Soberanía Entregada: El radar británico en Tolhuin sigue allí, como un monumento a la ignominia, mientras empresas ligadas a la ocupación colonial, como es el caso de Harbour Energy; operan impunemente en el yacimiento Fénix bajo la mirada de un gobernador que solo usa la palabra "Malvinas" para titular sus proyectos de reforma.
La huida hacia el abismo
Solo alguien profundamente asustado por la pérdida del poder absoluto es capaz de ignorar el colapso de la salud pública, la intervención de facto del puerto y la miseria de sus trabajadores para enfocarse en un calendario electoral constituyente. La reforma de Melella ya no es sobre "modernizar el Estado"; es sobre su propia supervivencia.
Al elegir la "Opción Sansón", el Gobernador está dispuesto a judicializar la provincia, generar un conflicto de poderes sin precedentes y profundizar la fragmentación social con tal de estirar una agonía política que ya no tiene vuelta atrás. Tierra del Fuego se encuentra de “Estado Inviable”, por una gestión que confundió el presupuesto público con una caja de campaña política y la Constitución, con un traje a medida.
La madrugada del 1° de mayo la Legislatura encendió una luz. Melella intenta apagarla con un veto y un decreto de escritorio. Pero el estruendo de las columnas cayendo ya se escucha, y el Gobernador debería saber que, en la historia de Sansón, nadie sale ileso cuando el templo se desploma por la ambición de uno solo.