La arquitectura geopolítica que sostiene los últimos vestigios de la dominación territorial británica acaba de recibir una estocada directa desde Washington. En el marco de su visita a Dublín tras reunirse con el primer ministro irlandés Micheál Martin, el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, sorprendió al manifestar abiertamente su respaldo a la reunificación de la isla de Irlanda: “No quiero causar problemas, pero me encantaría verla unificada. De la manera en que lo veo, va a pasar en algún momento y será fantástico”.
La declaración golpeó el nervio histórico de Londres. La oficina del primer ministro británico, Andy Burnham, debió atrincherarse en el Acuerdo del Viernes Santo de 1998 para intentar aplacar el reclamo, mientras el unionismo pro-británico en Belfast reaccionaba con alarma. Sin embargo, el mensaje de la Casa Blanca excede la frontera insular europea: se articula como parte de una pinza diplomática que coloca en crisis la proyección colonial del Reino Unido en el mundo, con impacto directo en el Atlántico Sur.
La fractura con Londres y el cerco sobre Malvinas
Lejos de ser un exabrupto aislado, las palabras de Trump sobre Irlanda se concatenan con sus definiciones sobre las Islas Malvinas. En la misma comparecencia, el republicano advirtió que una escalada bélica entre la Argentina y Gran Bretaña constituiría un «desastre potencial» en el que podría intervenir, desnudando la extrema fragilidad militar y operativa del gobierno de Burnham.
“Tienen un pequeño problema con la inmigración, con la energía y otros asuntos que resolver, así que no sé si van a estar dispuestos a viajar tan lejos (...) hablamos de semanas en barcos”, fustigó Trump, subrayando la inviabilidad británica para desplegar una fuerza de tareas hacia el hemisferio sur como en 1982. A ello sumó la exigencia de que Londres perfore el Mar del Norte en lugar de dispersar recursos en ultramar.
Un contexto de repliegue colonial
La convergencia no es casual. El cuestionamiento a la ocupación en el norte de Irlanda coincide con el momento en que la Argentina intensifica su cerco diplomático y judicial contra el extractivismo ilegal de Sea Lion, e Israel le reclama a Gran Bretaña cesar el expolio petrolero. Al poner en duda la integridad del Reino Unido en su propio patio trasero y exhibir su impotencia para sostener el enclave en Malvinas, Washington acelera el ocaso de la diplomacia de ocupación británica en el escenario internacional.