La compra de los cazas F-16 por parte de la gestión de Javier Milei y Luis Petri sigue sumando contradicciones estructurales que ponen al descubierto una política de defensa orientada al negocio extranjero y al vaciamiento del capital humano nacional. Mientras el Gobierno desembolsa 33 millones de dólares a la contratista canadiense Top Aces Corp para el entrenamiento de instructores, los oficiales argentinos que deben volar estos sistemas multimillonarios cobran haberes básicos que ni siquiera alcanzan para cubrir la Canasta Básica Total (CBT).
Salarios de indigencia para armas de vanguardia
Información publicada recientemente por la Agencia Noticias Argentinas (NA) puso en evidencia las severas asimetrías del modelo de defensa del Poder Ejecutivo. A pesar del aumento salarial oficializado mediante la Resolución Conjunta 35/2026, los ingresos reales del personal militar han quedado dramáticamente relegados frente a la inflación y el costo de vida.
Un Primer Teniente de la Fuerza Aérea Argentina —la jerarquía de referencia para un piloto operativo de F-16— percibe a partir de agosto de 2026 un haber básico de $1.210.586. De acuerdo con los últimos datos del INDEC, una familia tipo necesitó $1.531.473 en junio para no ser considerada pobre. Es decir, un piloto capacitado para maniobrar un caza supersónico cobra un salario básico $320.887 por debajo de la línea de pobreza.
Escala Salarial de Referencia (Agosto 2026)
- Alférez: $ 988.437 (Por debajo de la CBT)
- Primer Teniente: $ 1.210.586 (Por debajo de la CBT)
- Capitán: $ 1.361.064 (Por debajo de la CBT)
- Mayor: $ 1.643.403
Inversión millonaria para regalar talento al mercado privado
La brecha entre el costo operativo del material de guerra y la remuneración del personal evidencia un sinsentido estratégico. Formar a un piloto de combate requiere cerca de ocho años de preparación continua y una inversión estatal acumulada de entre 4 y 5 millones de dólares, sumado a los US$ 14.000 que cuesta cada hora de vuelo de los F-16.

A pesar de haber financiado ese proceso de alta especialización, el Estado argentino somete a sus oficiales a condiciones de precarización económica. Esta situación genera un caldo de cultivo para el sangrado constante de profesionales calificados hacia la aviación comercial privada o al exterior, perdiendo el país un activo estratégico invaluable.
La ecuación del desmantelamiento: Dólares para contratistas, migajas para los nuestros
El contraste resulta escandaloso al analizar el destino de los fondos del Ministerio de Defensa:
1. Recursos asegurados para privados: Se garantizan 33 millones de dólares para abonar los servicios de una empresa privada extranjera (Top Aces Corp) encargada de la instrucción, un desembolso que no formaba parte del paquete original y que restó presupuesto a áreas clave como la Armada.
2. Precarización del personal nacional: Se mantiene al personal militar argentino bajo salarios de subsistencia, imposibilitando el sostenimiento de una carrera digna dentro de las Fuerzas Armadas.
3. Cesión de autonomía: Mientras el entrenamiento se privatiza y los mandos locales son desvalorizados, el sistema de armas F-16 arrastra limitaciones operativas impuestas por la OTAN y el Reino Unido, como el recorte de alcance en sus radares para neutralizar cualquier capacidad de disuasión en el Atlántico Sur y sobre las Islas Malvinas.
Un modelo sin soberanía
La política de defensa de la administración Milei prioriza el alineamiento geopolítico con Washington y la rentabilidad de las empresas privadas de defensa por encima del bienestar y la jerarquización de los recursos humanos de la Patria. Un país no defiende sus cielos únicamente comprando fuselajes usados a Dinamarca, sino garantizando la dignidad, la soberanía y la autonomía operativa de quienes tienen la responsabilidad de pilotarlos.