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La fórmula del general Calandín para “eliminar” el desarrollo antártico de Puerto Williams

La ignorancia y provocación de Calandín atenta directamente con la convivencia en el sur. Propone “cerrar el gas” a la ciudad chilena sin que exista gasoducto argentino que la abastezca. La parodia de un sector de las Fuerzas Armadas Argentinas que sabiendo el daño que provocan, avergüenzan a la Nación y al legado sanmartiniano.

25 de octubre de 2026 09:52

El general (RE) Edgar Calandín, exjefe del Comando Conjunto Antártico y asesor del Gobierno de la Provincia de Tierra del Fuego.

Por Daniel Guzmán

Director de Agenda Malvinas

Cuando la coyuntura geopolítica en el confín austral transita por una cornisa de altísima sensibilidad —con un despliegue militar trasandino en alza, la posibilidad de la partida del buque Danstar hacia Malvinas y la corona británica operando a cielo abierto en Magallanes—, lo mínimo que se le debe exigir a quienes han portado uniforme y hoy siguen cobrando del Estado, es responsabilidad, mesura y rigor: sin embargo, ocurre exactamente lo contrario. Desde la comodidad de los estudios de streaming en Buenos Aires, lejos del viento y de la realidad cotidiana de quienes habitamos la Patagonia austral, proliferan personajes que demuestran tener la lengua infinitamente más rápida que el pensamiento.

El último y grotesco capítulo de esta seguidilla de desatinos lo protagonizó en las últimas horas el general retirado Edgar Calandín, exjefe del Comando Conjunto Antártico y asesor del Gobierno de la Provincia de Tierra del Fuego.

En una reincidencia asombrosa en el mismo espacio audiovisual (La Fábrica del Podcast) donde a fines de agosto el brigadier general Gustavo Valverde desató un conflicto diplomático al relativizar la soberanía chilena sobre el Estrecho de Magallanes, Calandín cruzó todos los límites de la sensatez al plantear lisa y llanamente una agresión económica para "eliminar" a la vecina localidad chilena de Puerto Williams.

Mentira técnica y provocación cavernícola: La fábula del gasoducto inexistente

Con una ligereza alarmante, propia de una persona ignorante, mal informada e irrespetuosa de la realidad austral, Calandín pontificó sobre cómo frenar la proyección antártica que Chile impulsa desde la Isla Navarino:

“Sobre Puerto Williams, Argentina tiene la herramienta para agarrar y eliminar Puerto Williams, cierra el gas. Es increíble que Argentina le haya pasado el gas a Puerto Williams; bueno, yo se lo pasaría con prebendas ostensibles en otros recursos y capacidad”, disparó Calandín sin sonrojarse.

La afirmación encierra una doble gravedad: es una canallada política y, al mismo tiempo, una falsedad técnica absoluta. Quien habla con pretensión de estratega ignora lo más elemental: la Argentina jamás le suministró ni le suministra gas por red a Puerto Williams. No existe ningún gasoducto submarino ni terrestre cruzando el Canal Beagle como para cerrar alguna llave. El gas que abastece a la población de Puerto Williams arriba a granel, licuado y por vía marítima transportado en barcazas desde la propia Punta Arenas. Proponer "cerrar el gas" para estrangular a una comunidad civil sobre la base de un ducto imaginario no solo desnuda una ignorancia supina de la infraestructura de la región que dice asesorar, sino que exhibe un nivel de rusticidad conceptual incompatible con la función pública.

La doctrina del odio frente a más de 150 años de hermandad fueguina y patagónica

Pero la mentira fáctica es apenas el síntoma; el fondo es la vocación de ruptura. Calandín no propuso competir lealmente, ni potenciar la infraestructura de Ushuaia, ni exigir al Estado nacional que termine de financiar el puerto militar y comercial de la capital fueguina. Su propuesta fue "eliminar Puerto Williams".

Ese léxico bélico, pendenciero y desquiciado atenta contra la matriz viva de Tierra del Fuego y la Patagonia. A ambos lados del Canal Beagle y a lo largo de la frontera austral no habitan abstracciones cartográficas para que generales retirados jueguen a la guerra en micrófonos porteños: habitan familias, pueblos y comunidades que conviven, se integran, se auxilian en el mar y comparten lazos de sangre, cultura y trabajo desde hace más de un siglo y medio. El Canal Beagle no es una trinchera para la demolición del vecino; es un espacio compartido que exige complementariedad, protocolos de búsqueda y rescate marítimo combinados y preservación ambiental mutua. Plantear la asfixia de una pequeña localidad vecina como doctrina estratégica es propio de mentes trasnochadas que confunden el patriotismo con la provocación barata.

Construyendo el escenario prebélico

Estas declaraciones no caen en el vacío. Se suman a la desafortunada intervención de Valverde en agosto, a las declaraciones erráticas de Buenos Aires, y al endurecimiento discursivo de la derecha chilena, que ya pide cortar pasos terrestres y amenazar con incidentes de reciprocidad naval.

Es una dinámica perversa: mientras Gran Bretaña aplaude frotándose las manos y avanza en la extracción del yacimiento petrolero Sea Lion, tentando a Chile con fragatas de combate Babcock para consolidar el cerco en el Atlántico Sur, desde Buenos Aires, voceros irresponsables arrojan nafta al fuego, regalándole a La Moneda y a la Cancillería chilena la coartada perfecta para justificar su rearme de 2.885 millones de dólares y la militarización de Magallanes.

Quienes desde cargos oficiales o asesorías rentadas promueven semejante piromanía verbal, dinamitando puentes históricos y alimentando una escalada de tono prebélico entre naciones hermanas, le están haciendo un daño colosal a los intereses soberanos de la República Argentina.

La cancillería argentina, el Estado Mayor de las Fuerzas Armadas, al Congreso, el Gobierno de Tierra del Fuego no pueden permanecer en silencio frente a las barbaridades del General. Debe desautorizarlo en forma pública e inmediata. Y si es necesario, destituirlo.

La defensa de los legítimos derechos en el Atlántico Sur y la Antártida requiere estadistas con visión geopolítica profunda, apego irreductible a la ley y respeto por los pueblos del sur, no provocadores de escritorio con ánimo de romper, cuya verborragia ignorante merece el más absoluto repudio social y el peso implacable de la responsabilidad política.

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